HISTORIA DEL IMPERIO
Anales de la Unificación y el Alzamiento de los Valanor
El Alba de un Nuevo Orden
Tras décadas de silencio por parte de Azrael, y el vacío de poder que consigo dejó, Santuario se sumió en una incipiente era de caos, violencia y desconocimiento que trajo consigo la disformidad que exudaba aquel vórtice de energía. Criaturas y entidades mágicas inundaron Santuario arrasando ciudades y haciendo que viejos imperios cayeran de rodillas ante aquella calamidad desconocida. La tierra se fragmentó, naciones tan longevas como la edad de los primeros Antiguos cayeron en el olvido más abismal dejando tras de sí pequeños resquicios de glorias pasadas que no tardarían en mutar a señores de la guerra y caudillos que no más influencia que la que pudieran proyectar localmente.
Los recursos, limitados, fueron rápidamente monopolizados y pronto aquellos lo suficientemente resilientes comenzaron a usar la fuerza para imponerse unos sobre otros, alguien debía de tomar el trono que Azrael dejó. Una nueva fuerza debía de alzarse para reunificar el continente y poder traer de vuelta, la ya olvidada sensación de paz y calidez de eones anteriores. Fue aquí, durante los años más oscuros de Santuario cuándo una figura poco conocida comenzó a resonar. Aralyth Valanor, una alta elfa de un linaje noble tan antiguo como los primeros eones del mismísimo mundo. Su árbol genealógico es desconocido, nadie conoce de dónde o cuándo fueron influyentes la familia Valanor, pero jamás fue discutida la legitimidad de su noble sangre. Simplemente, fue aceptado y venerado.
Tras su auge, se dice que su primer asentamiento, Auralis, fue construido en una sola noche, marcando así el nacimiento de su joven reinado. Sus muros de piedra se alzaban de manera digna y magnificente, de un color blanco tan puro, que se decía que el propio sol se arrodillaba frente a él en su reflejo, y su torre central se alzaba por encima con tal presencia, que se decía que podría ser visto desde cualquier parte del continente.
No obstante, un solo asentamiento no marcaba diferencia alguna de los cientos de ciudades y asentamientos que poblaban el continente, arrasados y erguidos cientos de veces por el constante flujo de combates. La palabra no valía en esta época, la diplomacia no era un arma eficaz. El filo y lo arcano serían los estandartes que Aralyth portará en sus años de conquista junto a su creciente séquito.
La Guerra de las Cuatro Coronas
El expansionismo de los señores de la guerra y caudillos locales terminaron por crear cuatro reinados a lo largo de Santuario.
Al norte, en las gélidas cordilleras se alzó un señor de la guerra orcoide, Nastrond, el Señor de los Colmillos, que fue escupido por el Vórtice en los primeros años de su formación. Esclavizó a todo ser inteligente y animal útil que se cruzó por su camino, arrasando y aniquilando todo aquel que opusiera resistencia, siendo finalmente el nacimiento de su bastión, Khar’Mugtak, un complejo cavado en las entrañas de una de las montañas más altas del lugar dotándolo así del centro de operaciones perfecto para sus posteriores expansiones y saqueos hacia las tierras más cálidas y ricas.
Al oeste, en las crecientes dunas que cada vez engullía más y más terreno, un cacique humano impuso su dominio con mano de hierro y terror. Kurt no gobernaba como un tirano habitual, su deseo era crear una nación mercenaria donde cualquier negocio era permitido y protegido siempre y cuándo el debido tributo fuera pagado. Mercenarios, esclavista, traficantes y la peor calaña habida y por a ver que poblaban los rincones más oscuros del continente se instalaron seguros en las pequeñas aldeas y fortines que las dunas resguardaban.
Al sur, a lo largo y ancho del Gran Río una debilitada compañía de corsarios se instaló como la dominante tras una cruenta lucha de poder entre diferentes facciones que coexistían en el lugar. Liderado por Alastar, El Implacable, instalaron en diferentes puntos estratégicos del caudal sus asentamientos, ganando rápidamente control en el tránsito por el río y amansando así un gran capital e influencia con el que aprovecharían para lanzar campañas de piratería en diferentes costas y cabos, ganándose una lamentable fama por sus actos barbáricos y despiadados.
Y finalmente al este, en las profundidades de la selva una entidad mágica fae que fue escupida por el Vórtice no mucho después de la ausencia de Azrael, tomó control de las diferentes tribus que habitaban el frondoso arbóreo, sino que además no derramaría ni una sola gota de sangre, siendo el mayor hito de unificación jamás registrado en esta época. No sería mucho después que se descubrirían la verdadera naturaleza de tan gentil criatura.
Cuatro eran las coronas que gobernaban con influencia el continente, y entre ellas, el Alba comenzaba a tomar presencia y las miradas no tardaron en fijarse en el nuevo auge de su influencia. La guerra no tardaría en estallar. Durante más de un siglo las tierras de Santuario se teñirían de sangre, fuego y ceniza. Ciudades serían arrasadas hasta no quedar piedra sobre piedra; llanuras íntegramente modificadas por las constantes batallas que sufría; bosques arrasados dejando tras de sí un páramo desolado que nunca jamás vería regresar su gloria.
Fue aquí, donde la Legión Taimada cobró expectación. Debido a la influencia de la guerra, el vórtice cada vez escupía más criaturas de formas y características inexplicables, influenciadas por el caos que cada vez cobraba más presencia e influencia en el continente dando pie a nuevos enemigos que los reinados debían suprimir. Pronto una espiral de destrucción nueva nacería, pero con ella, un propósito y un deber; y con ello, el nacimiento de las primeras incursiones de la Legión Taimada. Más pronto que tarde, en este punto más profundo del conflicto, es donde Aralyth y Otter se conocerían y propondría una alianza temporal. Durante dos días y tres noches ambos líderes tomarían un receso de sus tareas para redoblar su esfuerzo en focalizar sus prioridades para poder recuperar el control de la situación.
La Unificación de Santuario
La victoria llegaría finalmente en el año centésimo vigésimo séptimo año del conflicto, marcando así la unificación de Santuario y el primer año del calendario imperial que posteriormente se instalaría. Todos los reinados fueron subyugados o asimilados dentro del reino, sometidos gracias a las fuerzas de Aralyth y la Legión Taimada por primera vez desde la aparición del Vórtice. Una única bandera comenzaba a ondear en cada rincón de Santuario.
Aralyth fue coronada como Emperatriz y Madre del Imperio, siendo alabada como salvadora y glorificada como una divinidad. Ella jamás aceptaría tales glorias, prefiriendo vivir como una mortal más entre estas tierras que ahora, en la incipiente paz, necesitaban ser reparadas.
Durante los años venideros, la Corona se focalizó en centralizar el poder y mantener un control férreo en las recientes tierras tomadas, no olvidando su tarea de reparar las décadas de destrucción que el conflicto dejó atrás. En el tercer año del Imperio, tras establecer las bases económicas y una gran parte de los daños más graves reparados, la Corona creó la Administración Imperial junto al Consejo Imperial, comenzando los siguientes años la descentralización del poder y la creación de los cuatro ducados.
De los cuatro ducados, salieron cuatro gemas que representan el poder que la Corona otorga a la descendencia de la Emperatriz como muestra de su favor y beneplácito para gobernar los territorios que se le concedían proteger, desarrollar y gobernar. Así nacieron los cuatro Archiducados:
- ✦ El Archiducado Boreal, gobernado por Aenwyn Valanor, la tercera princesa.
- ✦ El Archiducado del Gran Río, gobernado por Sylvariel Valanor, la cuarta princesa.
- ✦ El Archiducado de las Dunas de Hierro, gobernado por Caelyth Valanor, la segunda princesa.
- ✦ El Archiducado de Verdeamar, gobernado por Belariel Valanor, la primera princesa.
La Restauración
Con la unificación, la prosperidad comenzó a extenderse por lo largo y ancho del territorio imperial. El comercio del Archiducado del Gran Río otorgó riquezas y rutas comerciales que no conocían rincón del imperio sin expoliar con sus vastas mercancías.
Los grandes artesanos que fueron liberados y buscaron hogar en el Archiducado Boreal elevaban la fama y prestigio del lugar con sus invenciones y artilugios de una calidad inigualable. Las minas del Archiducado de las Dunas de Hierro fueron explotadas hasta el punto que no había objeto metálico o engarce de joyería que no proviniera de dichas menas. Los vastos campos agrícolas y frutales podían alimentar a cada familia imperial y los remedios alquímicos de los expertos volvían a ser accesibles, dotando de una influencia sin igual al Archiducado de Verdeamar.
El gran torreón de Auralis iluminaba con fuerza cada rincón del imperio. El Consejo Imperial creía que era el momento idóneo de conmemorar dicho triunfo de la forma más poética posible. Así fue como, en el trigésimo año del calendario imperial, en el aniversario de la reunificación de Santuario, nació el Torneo de las Cuatro Gemas.
Fantasmas del Pasado
Por desgracia, no todo es inmutable y eterno. Hasta el árbol más longevo y alto de un bosque puede albergar grietas que, con la suficiente presión, pueden hacerlo caer. Los informes sobre corrupción administrativa se apilaban sobre el Consejo. Algunos nobles utilizaban su posición para enriquecerse o tener una carta blanca para dejar libre albedrío a sus deseos más oscuros. Funcionarios imperiales desaparecidos en cada rincón del imperio sin dejar rastros alguno.
No fue sino que, en el tercer vigésimo año, ocurrió algo que haría despertar viejos fantasmas. Un gran incendio envolvió la capital del Imperio arrasando gran parte de sus distritos y dejando un caos y terror que hacía décadas que no conocían. La capital quedó gravemente dañada, siendo los más afectados los principales edificios gubernamentales y monumentos erguidos a la victoria. Un accidente o ataque que dejaría una gran marca en la Emperatriz.
Esto provocó que el Imperio impusiera una estricta mano dura sobre sus habitantes, dando así pie a una época turbulenta influenciada por la represión y la persecución de cultos y posibles disidentes.
El Peso de la Corona
Han trascurrido sesenta y cinco años desde la unificación de Santuario. Las cicatrices de la Guerra de las Cuatro Coronas son menos visibles para las generaciones más jóvenes, que han crecido bajo una única bandera y una paz que muchos consideran eterna. Sin embargo, aquellos que ocupan los salones de la nobleza saben que incluso el imperio más sólido puede comenzar a resquebrajarse desde sus propios cimientos.
La Familia Imperial continúa siendo el mayor símbolo de unidad del continente. Bajo la autoridad de la Emperatriz, el Consejo Imperial y las cuatro Archiduquesas administran un reino cuya influencia alcanza cada rincón de Santuario. Pese a ello, los rumores nunca desaparecen del todo. Se dice que existen desacuerdos entre algunos miembros de la Familia Imperial. Viejas diferencias, ambiciones personales o distintas formas de entender el futuro del Imperio alimentan discretos murmullos en los pasillos de Auralis.
Tras el Gran Incendio de Auralis, la Corona endureció su forma de gobernar y limitó considerablemente el acceso a los asuntos internos de la familia. La transparencia dio paso a la discreción y las decisiones comenzaron a tomarse lejos de los ojos del pueblo. Para la inmensa mayoría de ciudadanos, la Corona continúa siendo un símbolo de fortaleza inquebrantable. Pero incluso las coronas más pesadas pueden ocultar grietas bajo el oro.
De cara al exterior, el Imperio atraviesa una época de estabilidad. Esa es, al menos, la imagen que el Imperio desea proyectar, ya que la realidad es mucho más compleja. En las regiones más alejadas, antiguos pueblos y clanes continúan rechazando el dominio imperial. Al mismo tiempo, criaturas cuya naturaleza continúa siendo un misterio aparecen cada vez con mayor frecuencia. Bandas criminales aprovechan el crecimiento del comercio para extender sus redes de contrabando y extorsión. Algunos nobles comienzan a tensar sus relaciones movidas por intereses económicos o rivalidades políticas. Ninguno de estos problemas amenaza todavía la estabilidad del Imperio por sí solo, pero juntos forman una carga que obliga a las Archiduquesas a solicitar ayuda de forma discreta. Porque mientras el pueblo crea que todo permanece bajo control, la autoridad de la Corona seguirá siendo incuestionable.